Hay canciones que no se escuchan.
Se viven.
Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, es una de ellas. No hace falta saberse la letra para entenderla. Basta con haber crecido cerca del mar, con conocer la luz que entra baja por la ventana, el pan sobre la mesa y ese tiempo que no siempre corre; a veces simplemente pasa.
El Mediterráneo no es solo un lugar. Es una manera de estar.
Antes del Mediterráneo… y después, para siempre
Sabemos hoy que el pan nació antes de los campos de trigo, antes incluso de la agricultura. Surgió cuando alguien molió grano, lo mezcló con agua y lo acercó al fuego. Un gesto sencillo, repetido, suficiente.
Pero fue alrededor del Mediterráneo donde ese gesto encontró continuidad. Donde dejó de ser algo puntual para convertirse en costumbre. Aquí el pan se hizo cotidiano, necesario, compartido.
No era un pan pensado para destacar. Era un pan pensado para acompañar.
El Mediterráneo que canta Serrat (y que se come)
Serrat no canta a un mar de postal. Canta a un Mediterráneo vivido, aprendido con los años, hecho de ausencias, de regreso y de pertenencia silenciosa.
Ese mismo Mediterráneo se reconoce en sus panes.
Panes que aceptan el calor.
Panes que entienden el reposo.
Panes que no buscan volumen ni artificio, sino sentido.
Panes que sirven para mojar, para alargar la sobremesa, para llegar al día siguiente. Panes que, incluso cuando se endurecen, siguen teniendo un lugar en la mesa.
Pan, memoria y orilla
El Mediterráneo no inventó el pan, pero le dio carácter. Le enseñó a ser sencillo, a no desperdiciarse, a formar parte del día a día sin hacer ruido.
Aquí el pan se parte con las manos. Se coloca en el centro. Se comparte sin contar las porciones. Forma parte de una mesa donde el aceite espera, donde el pan nunca sobra del todo.
Hay lugares donde el pan se explica.
Y hay lugares donde simplemente se entiende.
Volver sin haber salido
Hablar hoy de pan artesanal es, muchas veces, volver a esa lógica mediterránea sin nombrarla: menos prisa, menos exceso, más respeto por el tiempo y por lo que hay.
Como en la canción, el Mediterráneo no se describe. Se reconoce.
Y el pan, cuando se hace con calma, también.
Porque hay gestos antiguos que no necesitan presentarse.
Solo repetirse.

