Las harinas que nos cuentan historias

A veces aparecen fechas señaladas que invitan a detenerse un momento.

A mirar lo cotidiano con otros ojos.

El 20 de marzo, por ejemplo, se ha convertido en el Día Mundial de la Harina.

Y no es una fecha elegida al azar.

Coincide con ese punto del año en el que todo empieza a moverse:
la primavera en el hemisferio norte,
la cosecha en el sur.

El campo se activa.
El grano entra en ciclo.
La tierra vuelve a hablar.

Y tiene sentido que sea ahí, justo ahí,
cuando se ponga el foco en la harina.

Porque la harina no empieza en el molino.
Empieza mucho antes.


Hubo un tiempo en el que no hablábamos de proteínas, ni de W, ni de porcentajes de extracción.
Hablábamos de trigo.
De campo.
De cosecha.

Y la harina no era un producto…
era el resultado de un proceso que empezaba mucho antes del obrador.

Mucho antes incluso del molino.


Yo nací en una isla.

Y en el Mediterráneo, la harina nunca ha sido solo harina.

Ha sido pan moreno.
Ha sido coca.
Ha sido crespell en días de fiesta.
Ha sido sobrasada sobre una rebanada caliente que todavía cruje.

Ha sido vida cotidiana.


En Mallorca, como en tantos rincones del Mediterráneo,
el trigo formaba parte del paisaje.

No solo del campo,
también de la mesa.

Y las harinas hablaban de lo que éramos:
de tierras secas, de viento, de variedades antiguas como la xeixa,
de molinos pequeños…
y de manos que sabían trabajar sin medirlo todo.


Hoy compramos harina como quien compra cualquier otra cosa.

Una bolsa.
Un número.
Una etiqueta.

Y con eso creemos que lo sabemos todo.

Pero no sabemos de dónde viene ese trigo.
Ni cómo se ha cultivado.
Ni cuánto tiempo ha pasado desde que fue molido.

Ni siquiera sabemos qué sabor tenía antes de convertirse en polvo.


Y sin embargo…

Cuando trabajas una harina viva, lo notas.

No hace falta que nadie te lo explique.

Lo notas en cómo absorbe el agua.
En cómo responde la masa.
En cómo huele.

Y sobre todo…
en cómo sabe el pan.


Hay harinas que te conectan con algo muy antiguo.

Con esa forma de hacer pan en casa,
sin prisas,
sin etiquetas,
sin necesidad de entenderlo todo.

Solo hacerlo.

Como se ha hecho siempre en tantas casas del Mediterráneo.


Y hay otras que funcionan… sí.
Pero no te dicen nada.

No te cuentan nada.


Por eso, cuando empezamos a mirar la harina de otra manera,
todo cambia.

Empiezas a interesarte por el molino.
Por el agricultor.
Por la variedad de trigo.

Empiezas a entender que no todas las harinas son iguales,
aunque lo parezcan.

Y que detrás de una buena harina…
siempre hay una historia.


Quizá no se trata de celebrar un día concreto.

Se trata de recordar.

De volver un paso atrás.

De preguntarnos qué harina estamos usando…
y por qué.


Porque al final, cuando conoces de dónde viene la harina,
todo cobra más sentido.

Y el pan…
deja de ser solo pan.

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