En Bellvís, un pequeño municipio de Lleida, el pan no es solo alimento: es territorio, es memoria y es compromiso. Erika García Sánchez llegó al pan desde la pastelería, como quien se adentra en el mundo de las masas con curiosidad y termina encontrando un propósito.
Graduada en Ciencias Políticas y Gestión de la Administración Pública, trabaja como contable en la Administración. Pero desde hace unos meses también es propietaria de un microobrador. Y aunque lleva quince años haciendo pan de manera aficionada, la decisión de profesionalizarse tuvo un origen muy claro: negarse a seguir consumiendo el “pan” industrial que domina los supermercados.
Su camino empezó con aquel pan rápido de Thermomix, horneado en bolsa de asar. Recuerda la magia de verlo crecer. Aquella primera hogaza fue el inicio de algo que hoy forma parte de su vida por completo.
Erika trabaja con harinas ecológicas molidas a la piedra, trigos autóctonos y productos de kilómetro cero. Se guía por la estacionalidad del campo: cereales de invierno, de verano… Lo que la tierra da, eso es lo que entra en su obrador. Evita la levadura y las prisas. Para ella no es una cuestión técnica, es una forma de entender el oficio. Lo resume con una frase que define perfectamente su manera de trabajar:
“Mi pan requiere fermentación natural y tiempo.”
Ha sido, ante todo, autodidacta. Pero reconoce la importancia de sus maestros: Jesús Querol, del Forn Pa de Ronyó de Torregrossa, y Jordi Morera, de l’Espiga d’Or en Vilanova i la Geltrú. También ha aprendido de libros y cursos de referentes como Xavier Barriga, Ibán Yarza, Peter Reinhart o Rafa Estévez, entre otros.
Uno de los mayores aprendizajes llegó de un error: confiar únicamente en el tiempo y olvidar la temperatura de fermentación. Desde entonces, controla con rigor el pH de su masa madre. En ese pequeño gesto técnico encuentra algo mucho más profundo. Como ella misma explica cuando habla de su masa madre:
“Eso es lo que hace un pan especial.”
Además de elaborar, Erika también enseña. Es formadora y tallerista, y describe esa experiencia como profundamente gratificante. Disfruta cada parte del proceso cuando la comparte con otros, porque para ella todo tiene su magia: desde la mezcla hasta el horneado. Y si algo ha descubierto sobre sí misma haciendo pan es que tiene más paciencia de la que pensaba.
Su pan se puede probar en el Forn Santa Maria de Bellvís. Y cuando habla de su oficio, no lo hace en términos de moda, sino de responsabilidad. No busca tendencias, busca continuidad. De hecho, tiene muy claro cuál es su propósito dentro del sector:
“Quiero poner mi granito de arena para evitar que desaparezca el sector del buen pan.”
El auge del pan artesano le parece maravilloso. “Disfrutemos del momento”, afirma, con la serenidad de quien entiende que el oficio se construye día a día.
Entre sus panes destaca uno por encima de todos: el Piriponent. Un pan elaborado con harina semiintegral molida a la piedra, masa madre de espelta fermentada con agua de pera y manzana de Lleida, AOVE de Les Garrigues y sal de Vilanova de la Sal. Un pan profundamente ligado a su tierra, que vende muchísimo y que nunca se cansa de hacer… ni de comer.
Para Erika, compartir el pan es uno de los gestos más primigenios que existen. El pan en la mesa va ligado a nuestra cultura. No debería faltar en ninguna mesa. Y tampoco a ninguna persona.
Hace unos días, una quesería artesana importante de la zona le dio la oportunidad de formar parte de una degustación. 110 personas probaron su pan en una sola noche. Fue un momento emocionante, tanto a nivel profesional como personal.
A quien empieza le aconseja algo sencillo pero esencial: que disfrute, que siga su intuición y que no deje de aprender.
Se define como: “Panadera artesanal que hace el pan con las manos y con el alma.”
Mirada íntima
Lo que el pan dice de ti… y tú del pan
¿Cuál es ese pan que nunca te cansa… ni de hacer ni de comer? El Piriponent. Es un pan con unos aromas, unos matices y una personalidad que lo hacen excepcional.
Si tuvieras que elegir solo una harina para seguir horneando, ¿cuál sería y por qué? La T65 molida a la piedra. Por su versatilidad, color y aroma.
¿En qué parte del proceso panadero sientes más satisfacción o conexión? En el control del pH de mi masa madre, porque eso es lo que hace un pan especial.
¿Tienes alguna herramienta o utensilio que te acompaña desde siempre? No suelo tener apego a las cosas materiales.
¿Recuerdas una hornada que te haya marcado especialmente? Todas tienen su momento especial.
¿Hay algún ritual que repitas siempre al trabajar la masa? No, me encanta probar técnicas y sistemas distintos.
¿Qué huele distinto cuando sabes que el pan está saliendo bien? Mi masa madre huele a vida. Y la fermentación lenta, en su punto.
¿Qué te dice tu cuerpo cuando llevas muchas hornadas encima, pero sigues amasando? Que esto vale la pena.
¿Dónde encuentras calma cuando no estás en la cocina u obrador? En los libros y en mis hijos.
¿Cómo celebras que algo ha salido bien? Llevo a mi familia a comer fuera.
¿Qué persona cercana ha sido clave en tu camino como panadera? Mi pareja, siempre ha apostado ciegamente por todo lo que me propongo.
¿Qué haces con el pan que no sale como esperabas? Pan rallado. No se tira nada.
¿Tienes alguna frase que te acompañe en los días difíciles? “Vamos, esto no es nada. Peores has pasado. Todo pasa. Mañana seguro que lo ves diferente. Déjalo, vete a dormir y mañana sigues.”
¿Qué libro sientes que te representa o que te acompaña? Mecanoscrit del segon origen de Manuel de Pedrolo.
Puedes seguir el trabajo de Erika en Instagram en @sra.erika_cakes, donde comparte su día a día entre masas, fermentaciones y territorio.
Y si quieres probar sus panes, incluido el Pa Piriponen, puedes encontrarlos en @forn_sta.maria, en Bellvís (Lleida), donde además puedes comprarlos directamente.
Además, Erika nos envía una receta muy especial: un fabuloso Pan de nueces, naranja y romero, una combinación aromática que refleja perfectamente su manera de entender el pan: tiempo, territorio y sensibilidad.