Empecé a hacer pan casi por casualidad. No recuerdo haber tomado la decisión de aprender ni haber pensado que aquello pudiera convertirse en una parte importante de mi vida. Fue algo mucho más sencillo: harina, agua, un poco de levadura, mezclarlo todo como buenamente podía y esperar para ver qué ocurría.
Y ocurrió que salió un pan.
No era un gran pan. Seguramente, si pudiera verlo hoy, encontraría bastantes cosas que no estaban bien. Pero recuerdo algo mucho más importante que el resultado: cuando lo tuve delante, quise hacer otro. Tal vez pensé que podía mejorarlo o quizá aquella transformación tan sencilla había despertado mi curiosidad. El caso es que hice un segundo pan, después un tercero y luego muchos más.
Por supuesto, una de las razones por las que continué fue la más evidente: me gustaba tener buen pan en casa. Me gustaba elegir la harina, conocer los ingredientes y comer un pan hecho de manera natural, sin nada que yo no hubiera decidido poner.
Esa continúa siendo una buena razón para hacerlo. Sin embargo, después de tantos años, sé que el pan que finalmente pongo sobre la mesa es solo una parte de todo lo que me aporta hacerlo.
Cuando hacer pan empieza a significar algo más
Hay días en los que ni siquiera necesito preparar otro. Queda pan en casa o podría comprarlo perfectamente. Y, aun así, me apetece empezar una masa. Saco la harina, preparo los ingredientes y meto las manos en una mezcla que al principio apenas tiene forma. No me pregunto qué beneficio obtendré de ese rato ni si estoy aprovechando bien el tiempo. Sencillamente, me apetece estar allí.
Desde fuera, hacer pan puede parecer un proceso bastante simple: mezclar, esperar, formar y hornear. Desde dentro se vive de otra manera. Durante ese rato estoy haciendo algo porque quiero hacerlo, sin necesidad de terminar cuanto antes, demostrar nada ni convertirlo en algo productivo. Estoy haciendo mi pan y disfruto haciéndolo.
Al principio, todo me resultaba extraño. La masa se me pegaba a las manos, no sabía si estaba demasiado blanda y necesitaba pensar cada movimiento. Buscaba tiempos exactos porque todavía no comprendía bien lo que tenía delante. Necesitaba que alguien me dijera cuánto debía amasar, cuánto tenía que esperar y en qué momento debía continuar.
Cuando las manos empiezan a comprender
Con el paso de los años, casi sin saber cuándo ocurrió, empecé a reconocer sensaciones. Ahora toco una masa y noto que ha cambiado. Percibo si ha ganado fuerza, si está más ligera o si algo no termina de convencerme. Continúo utilizando tiempos y temperaturas, pero ya no dependo únicamente de ellos. Las manos, la vista y el olfato también participan en mis decisiones.
Hay algo muy satisfactorio en sentir que mis propias manos han aprendido conmigo. No es solo haber adquirido una técnica. Es descubrir que ahora soy capaz de percibir cosas que antes pasaban inadvertidas. La masa que al principio me parecía únicamente pegajosa o difícil de manejar ahora me transmite información. No siempre sé explicar con palabras lo que noto, pero muchas veces mis manos ya lo saben.
Quizá por eso sigo deteniéndome cuando saco un pan del horno. He hecho muchísimos y, aun así, todavía lo observo. Unas horas antes, sobre la mesa solo había harina, agua y unos pocos ingredientes sencillos. Ahora tengo delante un pan que he acompañado durante todo el proceso.
Ha nacido y crecido entre mis manos.
Esa satisfacción puede parecer pequeña, pero no lo es para mí. Vivo en un mundo en el que casi todo me llega terminado. Compro cosas cuyo origen desconozco y utilizo objetos que nunca he visto construir. Con el pan sucede algo diferente. He estado presente desde el principio. He unido los ingredientes, he sentido cómo cambiaba la masa, he esperado mientras fermentaba y he contemplado cómo el horno terminaba de transformarla.
El resultado ni siquiera necesita ser perfecto para que sienta esa satisfacción. Algunas veces el pan sale exactamente como lo había imaginado y otras queda bastante lejos. Pero incluso entonces continúa siendo algo que he creado y acompañado desde el principio hasta el final.
Lo que aprendo cuando un pan sale mal
Naturalmente, cuando un pan sale mal, fastidia. Hay hornadas en las que he puesto mucha ilusión y que, al salir del horno, sé que no son lo que esperaba. Tal vez el pan no ha crecido, la miga ha quedado demasiado cerrada o la fermentación ha llegado más lejos de lo debido. Después de dedicarle tiempo, cuesta aceptar el resultado.
Sin embargo, casi siempre me ocurre lo mismo. Al cabo de un rato empiezo a pensar en qué pudo suceder y qué cambiaré la próxima vez. La decepción deja paso a una nueva prueba y, sin darme cuenta, ya estoy imaginando el siguiente pan.
Hace tiempo que una hornada equivocada dejó de significar simplemente que algo había salido mal. Ahora también puede dejarme una pregunta. Y una pregunta suele ser suficiente para que quiera volver a intentarlo.
Después de tantos años continúo descubriendo harinas, técnicas y panes que no conozco. A veces basta con ver una elaboración diferente o escuchar a alguien hablar de un cereal para que aparezca inmediatamente una inquietud: quiero saber qué ocurrirá si lo pruebo.
Me gusta que todavía existan cosas capaces de despertar en mí esas ganas. No necesito aprenderlas para llegar a ninguna parte ni para demostrar lo que sé hacer. Me interesa descubrir, probar y volver a sentirme principiante. El pan no me exige dominarlo todo y tampoco me hace sentir que algún día terminaré de aprender. Siempre queda una harina que no conozco, un proceso que no comprendo del todo o un pan que nunca he preparado.
Esa sensación de no haber llegado al final no me cansa. Al contrario, es una de las razones por las que continúo.
Los panes que también guardan recuerdos
No todos los panes que quiero hacer miran hacia delante. Algunos miran hacia atrás.
Hay sabores que permanecen en mi memoria durante muchos años, aunque ya no sepa explicar exactamente cómo eran. Recuerdo una textura, un aroma o la sensación de estar sentado alrededor de una determinada mesa.
A mí me ocurre con algunos panes de Mallorca. Cuando intento recuperarlos, ya no busco solamente que una receta salga bien. Intento acercarme a algo que recuerdo. Hago una prueba, la pruebo y pienso que todavía no es aquello. Entonces cambio algo y vuelvo a intentarlo.
Ni siquiera puedo estar seguro de que ese pan existiera exactamente como lo conservo en la memoria. Han pasado demasiados años y los recuerdos también cambian. Pero eso no importa demasiado, porque durante esa búsqueda no estoy persiguiendo únicamente un sabor. De alguna manera también regreso a una panadería, a una mesa, a mi infancia y a Mallorca.
Algunas veces no hago un pan para recuperar un sabor, sino para acercarme a una parte de mi propia historia. Tal vez nunca consiga reproducir exactamente aquello que recuerdo, pero cada intento me permite volver durante un instante a las personas, los lugares y los momentos con los que relaciono ese pan.
Cuando un pan termina en otra mesa
Compartir es otra de las cosas más valiosas que he encontrado haciendo pan.
Puedo ir a casa de unos amigos y comprar una barra por el camino. Ese pan cumplirá perfectamente su función. Pero no siento lo mismo cuando llego con uno que he preparado yo.
El pan que regalo comenzó mucho antes de llamar a aquella puerta. He elegido los ingredientes, he tenido la masa entre las manos, la he visto fermentar, la he formado y la he horneado. Muchas veces inicio todo el proceso sabiendo quién terminará comiéndolo. Mientras preparo ese pan, sé que no será para mí.
Eso cambia por completo su valor.
Económicamente puede valer muy poco. Al fin y al cabo, está hecho con harina, agua, sal y poco más. Pero su valor no reside en el precio de los ingredientes. Dentro de ese pan hay una parte de mi tiempo, mi atención y el deseo de hacer algo para otra persona.
Hay una sensación que continúo disfrutando especialmente. Dejo el pan en otra casa, me marcho y, unas horas después, pienso que aquel pan que estuvo entre mis manos se encuentra sobre una mesa que no es la mía. Imagino que alguien lo estará cortando, que pasará de unas manos a otras y que formará parte de una comida, una cena o una conversación en la que quizá yo ni siquiera esté presente.
Y, aunque yo ya no esté allí, mi pan sí.
Cuando el pan se queda en mi mesa
Otras veces la mesa es la mía. Vienen familiares o amigos, coloco el pan en medio y la conversación continúa mientras uno lo corta, otro coge un trozo y alguien repite. El pan va desapareciendo de una forma tan cotidiana que podría pasar inadvertida.
A mí me gusta observar esos momentos. No necesito explicar cómo lo he hecho ni esperar que alguien diga que está fantástico. Me basta con saber que algo que ha nacido y crecido entre mis manos está ahí, formando parte de una mesa compartida con personas a las que quiero.
Por eso algunos de los panes que recuerdo con más cariño no son necesariamente los mejores que he elaborado. Recuerdo mejor para quién los hice y con quién los comí.
Las personas a las que me ha acercado el pan
El pan también me ha llevado hasta personas a las que nunca habría conocido. A veces todo comienza con una pregunta, una fotografía o una masa que no está saliendo como esperaba. Alguien comparte conmigo lo que ha aprendido, yo cuento un error o un descubrimiento y entre los dos aparece una conversación. Con algunas personas termina allí, pero con otras continúa. Algunas llegaron a mi vida porque compartíamos el interés por el pan y terminaron quedándose por muchas otras razones. De esa experiencia nació también una reflexión sobre el pan que se comparte aunque no llegue a la mesa.
Al conversar con quienes han participado en Panaderos con Alma he reconocido muchas sensaciones que yo también había vivido. Cada persona llegó al pan por un camino diferente, pero detrás de sus historias aparecían una y otra vez la curiosidad, los recuerdos, la paciencia, las ganas de aprender y el placer de compartir.
He escuchado historias de panes hechos para regalar que terminaron creando amistades; de elaboraciones familiares que permitían conservar un recuerdo; de panes que eran esperados con ilusión en lugares y mesas diferentes. También he encontrado personas para quienes amasar se había convertido en un momento de calma, en una manera de volver a lo sencillo o en un espacio propio dentro de la vida cotidiana.
Al escucharlas comprendí mejor que aquello que yo había encontrado haciendo pan no me sucedía solamente a mí. Cada experiencia era distinta, pero todas confirmaban algo que ahora tengo muy claro: cuando un pan sale de mis manos y llega hasta otra persona, lleva consigo mucho más que sus ingredientes.
El tiempo que recuperamos
Quizá estoy pensando más en todo esto porque ahora me acerco a una nueva etapa de mi vida. Llevo unos años retirado de la vida laboral y próximamente voy a prejubilarme. Esa circunstancia ha cambiado mi relación con el tiempo y me ha hecho pensar en el lugar que el pan ha ocupado durante estos años.
Durante buena parte de mi vida, el tiempo estuvo organizado desde fuera. Había un trabajo, unos horarios, responsabilidades y obligaciones. Cuando esa etapa empezó a quedar atrás, recuperé una parte de mi tiempo y también apareció una pregunta inevitable: qué quería hacer con él.
No creo que se trate simplemente de llenarlo para mantenerme ocupado. Nunca he sentido el pan como una manera de combatir el aburrimiento. Si hubiera sido solo eso, no habría permanecido conmigo durante tantos años.
El pan ha ocupado una parte de mi tiempo, pero también le ha dado contenido. Me ha ofrecido algo que aprender sin obligación de alcanzar ninguna meta. Por la mañana puedo tener una idea y sentir ganas de probarla. También me ha llevado a utilizar las manos y los sentidos, a equivocarme sin que el error cierre el camino, a recuperar recuerdos y a conocer personas.
Sobre todo, me ha dado la posibilidad de crear algo que después puedo compartir.
Por eso me parece tan bonito pensar que una persona pueda comenzar a hacer pan al llegar a la jubilación o en cualquier otro momento de su vida. No lo veo como una actividad destinada a personas mayores ni como una forma de llenar las horas, sino como la posibilidad de descubrir algo que todavía pueda despertar curiosidad e ilusión.
Seguir teniendo primeras veces
Yo también sigo teniendo primeras veces. Todavía encuentro panes que nunca he hecho, harinas que no he probado y procesos que me obligan a comenzar casi desde cero. Y me gusta saber que eso continúa siendo posible.
No sé qué encontrará otra persona haciendo pan. Seguramente no será exactamente lo mismo que he encontrado yo, ni tiene por qué serlo. Alguien puede comenzar buscando simplemente un buen pan y terminar descubriendo muchas otras cosas alrededor de él. Para quien quiera comprobarlo, la serie Tu Primer Pan propone una manera sencilla de empezar a hornear en casa.
Cuando hice aquel primero, no buscaba aprendizaje, recuerdos, tiempo para mí ni personas con las que compartirlo. Ni siquiera sabía que pudiera encontrar todo eso.
Solo mezclé harina, agua y levadura, esperé y metí la masa en el horno. Salió un pan bastante mejorable, pero me dejó con ganas de hacer otro.
Después de tantos años, sigo disfrutando del pan que finalmente pongo sobre la mesa. Sin embargo, ahora sé que tener un buen pan en casa es únicamente una parte de todo lo que me ha aportado hacerlo.
Lo demás está en mis manos, que han aprendido conmigo; en la curiosidad que continúa despierta; en los errores que me han hecho volver a probar; en los recuerdos que he intentado recuperar; en las personas que he conocido, y en todos los panes que salieron de mi horno para terminar compartiéndose alrededor de otras mesas.
Aquel primer pan no fue especialmente bueno, pero dio comienzo a todo eso.
Y después de tantos años, todavía tengo ganas de hacer el siguiente.

