Hogaza de pan de masa madre artesano, imagen del Día Mundial del Pan

Día Mundial del Pan: entre los hornos de siempre y los que empiezan

Cada 16 de octubre se celebra el Día Mundial del Pan. Para quienes hacemos pan en casa es una buena ocasión para pensar en cómo ha cambiado nuestra manera de entender este alimento y en las personas que lo elaboran cada día.

En los últimos años ha crecido el interés por la panadería casera. Algunas personas incluso han dado el paso de abrir sus propios obradores. Al mismo tiempo, seguimos conociendo noticias de panaderías tradicionales que cierran, algunas después de varias generaciones.

¿Por qué celebramos el Día Mundial del Pan el 16 de octubre?

El Día Mundial del Pan comenzó a celebrarse en 2006 por iniciativa de la Unión Internacional de Panaderos y Pasteleros, con el propósito de destacar la importancia del pan en nuestra alimentación y dar visibilidad al oficio panadero.

La fecha coincide con el Día Mundial de la Alimentación, que se celebra cada 16 de octubre para recordar la fundación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en 1945.

El pan ha sido un alimento básico para muchas sociedades. Su historia está estrechamente relacionada con el cultivo de los cereales y con las distintas maneras que las personas han encontrado para aprovecharlos.

Mucho antes de que existieran las panaderías

En 2018, un estudio publicado en la revista científica PNAS documentó el hallazgo de restos de preparaciones semejantes al pan en el yacimiento de Shubayqa 1, en Jordania. Tenían aproximadamente 14.400 años de antigüedad.

Aquellas personas ya elaboraban alimentos parecidos al pan utilizando plantas silvestres, antes de que se desarrollara la agricultura.

Con el tiempo, los distintos pueblos fueron desarrollando sus propias formas de hacer pan, aprovechando los cereales que tenían disponibles.

En Mallorca, por ejemplo, encontramos el pa moreno, tradicionalmente elaborado con harina de trigo de mayor extracción, que conserva parte de los componentes del grano. En Castilla tenemos el pan candeal, cuya masa de baja hidratación se trabaja mediante el sobado para conseguir una textura muy característica. En el norte de Europa, el centeno ha tenido un papel fundamental en numerosos panes tradicionales.

Son panes muy distintos entre sí. Y precisamente esa diversidad es una de las cosas que más me gustan de la panadería.

Todavía se conservan recuerdos de las grandes hogazas que se elaboraban para varios días y de los hornos comunitarios donde las familias llevaban sus masas para cocerlas. Son formas de hacer pan que ayudan a comprender cómo se organizaba la vida cotidiana en otros tiempos.

El estudio arqueológico puede consultarse aquí: Archaeobotanical evidence reveals the origins of bread 14,400 years ago in northeastern Jordan.

Lo que he aprendido haciendo pan en casa

Cuando empecé a hacer pan, prestaba mucha atención a las cantidades de los ingredientes y a los tiempos que indicaban las recetas. Quería que el pan saliera bien e intentaba seguir cada paso.

Con el tiempo he aprendido que una receta es una referencia, pero que también necesito observar la masa.

Esto se nota especialmente con los cambios de temperatura. En verano, cuando la cocina está mucho más caliente, una masa puede fermentar bastante más deprisa que en invierno. Si me limito a esperar las horas que indica la receta, puedo encontrarme con una masa que ya ha fermentado demasiado.

Por eso intento fijarme cada vez más en cómo evoluciona: cuánto ha crecido, qué consistencia tiene, cómo responde al tocarla y qué señales me da antes de formar el pan o llevarlo al horno.

No siempre acierto. A veces me precipito y otras dejo que la fermentación avance demasiado. Pero precisamente esa necesidad de observar y tomar decisiones es una de las cosas que más disfruto.

También me ha hecho mirar de otra manera el trabajo de los panaderos profesionales.

Hacer una hogaza en casa, con tiempo y sin demasiadas obligaciones, es una cosa. Conseguir buenos panes todos los días, trabajando con distintas masas, horarios y cantidades, es otra muy diferente.

Cuando hacer pan en casa acaba convirtiéndose en un oficio

Algunas personas comienzan haciendo pan por curiosidad, descubren que les gusta y, después de años de aprendizaje, deciden dedicarse profesionalmente a ello.

En Maioris Baker hemos conocido historias que muestran dos caminos diferentes para llegar a ese punto.

Uno es el de Manuel Cuenca, fundador de Masa con Arte, en Andújar (Jaén).

Manuel comenzó haciendo pan en casa. Durante años fue aprendiendo, experimentando con distintas elaboraciones y formándose hasta que, en 2025, abrió su propio obrador.

Su trayectoria está recogida en Masa con Arte: pan honesto con raíces caseras.

También compartió con nosotros su receta de pan de algarroba con naranja confitada, que permite conocer una de sus elaboraciones.

La otra historia es la de Erika García Sánchez, de Bellvís (Lleida).

Erika lleva quince años haciendo pan de forma aficionada. Empezó con una receta rápida de Thermomix, horneada en una bolsa de asar, y fue descubriendo poco a poco todo lo que podía aprender sobre las masas y la fermentación.

Su trayectoria profesional es diferente. Estudió Ciencias Políticas, trabaja como contable en la Administración y decidió abrir su propio microobrador para dedicarse también a elaborar pan.

Trabaja con harinas ecológicas molidas a la piedra, cereales autóctonos y fermentaciones naturales. Sus panes pueden encontrarse en el Forn Santa Maria de Bellvís.

En la entrevista que compartió con Maioris Baker explicó qué le gustaría aportar al oficio:

«Quiero poner mi granito de arena para evitar que desaparezca el sector del buen pan».

Erika también compartió su receta de pan de nueces, naranja y romero.

Conocer estas trayectorias permite ver cómo una afición puede llegar a convertirse en una actividad profesional. Pero abrir y mantener un obrador implica también inversiones, muchas horas de trabajo y responsabilidades que no siempre vemos desde fuera.

Los hornos que van desapareciendo de nuestros pueblos

Mientras aparecen nuevos proyectos, algunas panaderías tradicionales siguen cerrando.

En abril de 2026, un reportaje de El País recogía que, durante los tres años anteriores, habían cerrado alrededor de treinta hornos rurales en la provincia de Valladolid. Según los datos citados en el reportaje, representaban aproximadamente entre el 20 % y el 25 % de los que había.

También recogía el caso de la Panadería Magdaleno, en Castroverde de Campos (Zamora), que cerraba por jubilación después de ochenta años elaborando pan y bollería.

Lo que pierde un pueblo cuando cierra su panadería

La falta de relevo generacional, los costes de mantener una panadería y la disminución de población en algunas localidades complican la continuidad de estos negocios.

En muchos pueblos, ir a buscar el pan ha sido también una oportunidad para encontrarse con los vecinos.

Vas a la panadería, te cruzas con alguien conocido y aprovechas para hablar un momento. El panadero sabe qué pan suele llevarse cada cliente, quién pasa a primera hora y quién aparece un poco más tarde.

Al cerrar el horno, el pueblo pierde también ese lugar de encuentro.

Pero hay otra consecuencia que a veces resulta todavía más importante. En las localidades donde apenas quedan comercios, las personas mayores pueden encontrarse con dificultades para comprar pan si no tienen coche o dependen de alguien que pueda desplazarse a otro municipio.

Y están los conocimientos del propio oficio. Cada panadería tiene sus formas de trabajar, sus recetas y sus maneras de utilizar las harinas y los hornos. Algunas de esas elaboraciones se han transmitido dentro de una misma familia durante generaciones.

Cuando no hay nadie que continúe, también existe el riesgo de perder parte de esos conocimientos.

Entiendo que mantener abierto un horno no siempre es posible. Pero me da pena pensar que algunos pueblos puedan quedarse sin una panadería que ha formado parte de su vida durante tantos años.

Los nuevos obradores y los hornos tradicionales

La historia de Erika resulta especialmente interesante porque su microobrador está en Bellvís, un municipio pequeño. También pueden surgir nuevas iniciativas panaderas fuera de las grandes ciudades.

Cada proyecto tiene que encontrar su manera de trabajar y conseguir que sea viable. Y eso no siempre es fácil, tanto para quien empieza como para quien lleva décadas al frente de una panadería.

Sería bonito que algunas de las personas que hoy comienzan haciendo pan en casa encontraran en esa afición una profesión y que, en determinados casos, pudieran dar continuidad a alguno de los hornos que necesitan relevo.

Celebrar el Día Mundial del Pan

El 16 de octubre podemos preparar una hogaza en casa, recuperar una receta familiar o animarnos a probar un pan que todavía no hemos elaborado.

También podemos acercarnos a la panadería de nuestro barrio o de nuestro pueblo, conocer un poco mejor a quienes trabajan allí y disfrutar de sus elaboraciones.

Quizá sea una buena manera de celebrar el Día Mundial del Pan: seguir aprendiendo a hacerlo, disfrutar de él y acordarnos de quienes lo elaboran cada día para los demás.

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